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Texto de Fernando Castro Flórez |
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Una
nota (dilatada) sobre la pintura mestiza. (La
gráfica en el campo expandido). En cierta ocasión, Polke
señaló que la imagen de una botella no retornable es el emblema del
arte expresivo que se niega a una producción artística que sea
resultado de la aplicación de fórmulas, esto es, de la dogmática
secuencia de respuestas. El artista como mediador también se mueve en una estética de la intensidad y del vértigo
de las sensaciones: una codificación que, en el fondo, es una defensa
de lo complejo y lo sutil. En una entrevista con Bice Curriger,
realizada en 1985, explícitamente titulada La
pintura es una ignominia, Polke dice que lo verdaderamente innovador
en el arte sería transferir lo que el artista hace a un área en la que
su trabajo podría asumir una calidad verdaderamente rompedora: “en
realidad la innovación ocurre cuando eres capaz de efectuar esa
transferencia. El presupuesto de Defensa puede seguir siendo el
presupuesto de Defensa. Si el arte quisiera ser realmente innovador,
algo tendría que ocurrir. Y el presupuesto de Defensa tendría que
ocurrir. Y el presupuesto de Defensa tendría que beneficiar al arte.
Pero es ahí donde todo se desmonta. ¿Qué harían entonces los
artistas? Fijarían explosivos a los lienzos”[1].
Con todo, a pesar de esta incitación a la acción
directa, lo que le preocupa a Polke, entregado a la construcción de
una iconografía ejemplar, son
los efectos de la pintura, el despliegue de su imaginación recurriendo
a lenguajes contaminados. De hecho podría decirse que su meditación
sobre el filisteísmo cultural contemporáneo se desarrolla,
principalmente, con recursos propios de las artes
gráficas, parodiando la gestualidad clásica de la pintura o la
fascinación por lo dibujístico para imponer una suerte de mimesis
y deconstrucción del universo de la información. Con anterioridad
a Polke ya había convertido Rauschenberg al cuadro en una prensa plana, un lugar
en el que podría imprimirse cualquier cosa. Steinberg subrayó que ese
artista había generado una superficie pictórica completamente nueva en
la que se producía un desplazamiento, en sentido general, desde la
naturaleza hasta la cultura. Recordemos, por ejemplo, que en la serie
que Rauschenberg hizo a partir de la Venus
del espejo de Velásquez y la Venus
en el baño de Rubens, se limitaba a serigrafiar una reproducción
fotográfica del original en una superficie que también podía contener
imágenes de caminos y helicópteros. “Si bien llamar pintor a
Rauschenberg durante la primera década de su carrera sólo causaba una
ligera incomodidad, cuando abrazó sistemáticamente la fotografía a
principios de los años sesenta fue cada vez más difícil considerar su
obra como pintura, puesto que era más bien una forma híbrida de impresión.
Rauschenberg había pasado definitivamente de las técnicas de producción
(combinaciones, montajes) a técnicas de reproducción
(seda estarcida, dibujos calcados). Es esta actividad la que nos hace
considerar el arte de Rauschenberg como posmodernista”[2].
Es indudable que el imperativo modernista, defendido heroicamente por
Clement Greenberg, de la planitud
de la pintura y, sobre todo, de su delimitación y pureza ha sido
desbordado por la práctica sistemática de la hibridación
en los planteamientos contemporáneos[3].
El collage postmoderno ha
permitido tanto el comportamiento ecléctico cuanto ciertos
fundamentalismos o intentos de reconstruir la “disciplina”. En la
medida en que las totalidades nunca pueden percibirse a simple vista
(donde, en cualquier caso, no pasarían de ser meras imágenes
contemplativas y epistemológicas), también el cierre en lo
postmoderno, tras el fin de la obra orgánica (moderna), se ha
convertido en un valor discutible si no en un concepto sin sentido. Por
lo tanto será oportuno hablar de un efecto de cierre, del mismo modo
que hablamos de cartografía o de triangulación de una totalidad, en
vez de percepción o representación. En la actualidad pueden convivir
estéticas abstractas con planteamientos que recurren a la figuración,
textualismos o estrategias propias del conceptual o incluso llegarse
hasta un campo expandido que
produce hibridaciones con la escultura y, por supuesto, la fotografía.
Más allá de la resistencia que Fried propusiera frente a lo que llamo
“teatralización” se desarrollan, desde hace décadas, propuestas
pictóricas que son, radicalmente, intermediales,
siendo superficial cualquier tipo de consideración que “fetichice”
el material o la técnica. De suyo los procedimientos gráficos
y lo fotográfico intervienen en la obra en un dominio diferente al de
lo disciplinar o, por emplear términos más crudos, al de la legitimación
artesanal del “oficio”. Tengamos presente, por ejemplo, que e
xiste
un discurso propio de la fotografía, aunque no sea, en primera
instancia, un discurso estético; según Rosalind E. Krauss es un
proyecto de deconstrucción en el que el arte se distancia de sí mismo[4].
Al poner al descubierto la multiplicidad, la facticidad, la repetición
y el estereotipo en el corazón de todo
gesto estético, la fotografía deconstruye la posibilidad de
diferenciar entre el original y la copia, la idea primera y sus
imitaciones serviles. En verdad hemos dejado atrás las consideraciones
benjaminianas sobre la perdida del
aura en la reproducción mecánica de la obra de arte al darnos
cuenta de que esa relación cultual no es algo “esencial” sino una disposición
propia de la recepción, del contexto o, por emplear términos más
ambiguos, de esas miradas que van sedimentándose como historia del
arte. En un mundo de copias y simulacros vertiginosos[5],
el arte aspira en algunos casos a producir una pausa, aunque sea a partir de las estrategias del reciclaje
o, precisamente, sumergiéndose, sin miedo, en al pantano de lo foto-cinemático. "Hice
cuadros -dice Richter- a partir de fotos, justamente para no tener nada
que ver con una pintura que excluye toda posibilidad de una propuesta
que tenga relación con nuestro tiempo"[6].
La imagen fotográfica es, por un lado, un recordatorio, pero también
tiene una abstracción propia,
a partir de ese mecanismo parece como si pudiera catalogarse (enciclopédicamente)
el mundo, pero éste en verdad queda abismado en lo
múltiple. El deseo de pintar
como una cámara fotográfica, supone, como la técnica de
difuminar, una búsqueda de lo "técnico, liso y perfecto"[7],
pero también la localización en un tiempo
suspendido. Las técnicas, los lenguajes, los códigos y los
materiales, como los signos o las interpretaciones, están disponibles
en nuestra cultura, eso sí, no de una forma organizada ni enciclopédica,
sino, evidentemente, dislocados.
El artista recurre a lo que necesita como un bricoleur,
esto es, con una visión instrumental que desvía, paradójicamente, lo
utilizado de su sentido habitual. “Ahora bien, lo propio del
pensamiento mítico, como del bricolage
en el plano práctico, consiste en elaborar conjuntos estructurados, no
directamente con otros conjuntos estructurados, sino utilizando residuos
y restos de acontecimientos; odds
and ends, diría un inglés, o, en español, sobras y trozos,
testimonios fósiles de la historia de un individuo o de una sociedad”[8]. Junto a la
fragmentariedad como destino del arte surge, con frecuencia, una
indagación de los límites del la pintura o del proceso por el que ha
enmudecido, en palabras de Gadamer, por medio del parergon (Derrida) o
el marco (Krauss). La idea de dependencia de la pintura respecto al
marco (y no al revés) nos hace cambiar un enfoque única y
exclusivamente centrado en la superficie interior: “Dicho enfoque
comienza a dilatarse, a extenderse. A medida que la frontera entre lo de
dentro (la pintura) y lo de fuera (el marco) empieza a desdibujarse y
romperse, cabe la posibilidad de percibir hasta qué punto la “pintura
como unidad” es una categoría artificial, construida sobre la base
del deseo, muy similar a la “edición original””[9]. Después del apogeo, en
la década de los ochenta, de las estéticas apropiacionistas se ha vuelto innecesaria la pregunta por el original[10]:
se ha abandonado aquella preocupación por el medio en cuanto tal, lo
que es equivalente a decir que hemos desbordado el marco ortodoxo de la
modernidad. En último término el mestizaje de los géneros, la
hibridación de las técnicas y la renuncia a una autonomía artística
obsesiva han hecho que la gráfica salga de su reducto
para enfrentarse a la crisis de
nuestro tiempo, esto es, queda disponible como un recurso más para
la toma de decisiones: ese es el riesgo y la libertad que hay que saber
afrontar, lejos de los discursos y las prácticas patéticamente
“atrincheradas”, fosilizadas en un manierismo ramplón. [1] Bice Curriger: “Sigmar Polke, le peinture est une ignominie” en Artpress, n° 91, París, abril 1995, p. 8. [2] Douglas Crimp: “Sobre las ruinas del museo” en La posmodernidad, Ed. Kairós, Barcelona, 1986, p. 87. [3] Cfr. al respecto Arthur C. Danto: “Lo puro, lo impuro y lo no puro: la pintura tras la modernidad” en Nuevas abstracciones, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, 1996, pp. 15-22. [4]
Cfr. Rosalind E. Krauss: "Photographie et simulacre" en Le
Photographique. Pour une Théorie des Ecarts, Ed. Macule, París,
1990, pp. 218-219. [5]
Cfr. Hillel Schwartz: La
cultura de la copia, Ed. Cátedra, Madrid, 1998. [6]
Benjamin H.D. Buchloh: "Conversaciones con Gerhard Richter"
en Gerhard Richter, Museo
Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, 1994, p. 32. [7]
Gerhard Richter: "Notas, 1964-1965" en Indiferencia y sigularidad. La fotografía en el pensamiento artístico
contemporáneo, Llibres de recerca, Museo de Arte Contemporáneo
de Barcelona, 1997, p. 22. [8]
Claude Lévi-Strauss: El
pensamiento salvaje, Ed. Fondo de Cultura Económica, México,
1984, pp. 42-43. [9]
Rosalind E. Krauss: “Le saluda atentamente” en La
originalidad de la Vanguardia y otros mitos modernos, Ed.
Alianza, Madrid, 1996, p. 203. [10] Hablando de una obra de Sherrie Levine, planteaba Douglas Crimp que no era posible determinar cual era el “medio de su presencia”: “¿Una imagen recortada de una revista?¿Quizá el medio de esta obra es su reproducción en este libro? Una vez más es imposible determinar el medio físico de la obra ¿podemos acaso localizar la obra de arte original?” (Douglas Crimp: “Imágenes” en Arte después de la modernidad. Nuevos planteamientos de la representación, Ed. Akal, Madrid, 2001, p. 185). |