Texto de Gloria Picazo   

 

EL LIBRO: MEMORIA DEL MUNDO

 

“Estoy sentado. Leo a un poeta. Hay mucha gente en la sala, nadie lo

diría. Están en el interior de los libros”. Estas palabras de Rainer M.

Rilke (1), que encabezan unas reflexiones sobre la biblioteca, evocan el libro como un mundo construido por el poeta, pero ampliado y revitalizado con cada nueva lectura: “Se recogía mucho mientras leía, ni tan sólo sé si se adentraba en el libro; así podía estar horas sin pasar las hojas, y a mí me daba la impresión que las páginas se llenaban más bajo sus ojos” (2). Así mismo, el protagonista de la novela Thomas el Obscuro de Maurice Blanchot es atrapado entre las palabras de una página del libro y percibe en su cuerpo la extraña sensación de sentirse observado por una palabra. Entonces las palabras se comportan como seres vivos, hasta el punto que no le permiten retirar la mirada: “las palabras se apoderaban de él y comenzaban a leerle” (3).

Estas dos descripciones poéticas nos adentran en el mundo del libro y lo analizan desde una óptica diferente al sencillo –aunque puede llegar a ser complejo- acto de leer, al libro como mero objeto de lectura y al lector como el espectador pasivo y distante de los relatos descritos. Es entonces cuando el libro se entiende como un espacio de memoria, como un espacio de silencio, pero también como un intervalo de tiempo en el que caben muchas voces, incluso la del propio lector. En ese momento intuimos que la fusión entre el sujeto y el objeto, entre el lector y el libro, se puede producir, tal como lo insinuaban Blanchot o Rilke, y si de lo que se trata es de libros raros, extraños, valiosos, frágiles o prohibidos, esta situación excepcional convierte el acto solitario de la lectura en un placer no tan sólo por el hecho de recorrer las palabras, sino por el propio acto de observar y tocar aquel objeto precioso. En este sentido, el escritor Yves Peyré describe en los siguientes términos la emoción  de sus personajes ante una edición muy especial: “En casa de algunos amigos que eran verdaderos entusiastas del libro, se apasionaba al ver bellas ediciones: un día, uno de ellos, le había mostrado, como si de un gran secreto se tratase, un volumen que había en un pequeño cofre y que contenía un número impresionante de manuscritos de Rimbaud: una emoción indescriptible lo embargó. El libro necesita del amor, pues sólo el amor lo arranca de la muerte, y el amor es la mirada que se fija en el desciframiento de los signos cuando el mundo y el cuerpo del lector y el libro que murmura, se maridan” (4).

El concepto de libro “raro” fue diluyéndose con la aparición de la imprenta, y el hecho de considerar al libro como un objeto de excepción, que es contemplado como una suerte de tesoro, parece perder intensidad en el momento que la cultura escrita se seria y se democratiza. Pero a pesar de ello, la edición especial pasa a convertirse cada vez en más rara y excepcional y el “virus de la bibliofilia”, como diría Yves Peyré, continuó infectando cada vez más “hombres del libro”. Y dentro de este espíritu de coleccionista de excepción, la necesidad de hallar un lugar ha ido configurando a lo largo de los tiempos, el espacio de la biblioteca como un “universo” –si usamos el símil de Jorge Luis Borges- desde la Biblioteca de Alejandría fundada por Tolomeo en el año 290 a. De J.C. hasta la reciente Biblioteca Nacional de Francia. Un recorrido en el tiempo que camina paralelo a la propia evolución del libro, desde el objeto raro a la seriación de la imprenta, hasta llegar a las nuevas tecnologías que hoy en día nos hacen presentir una muerte del libro. Pero también un recorrido en el tiempo que mantendrá insistentemente esta idea de globalización, ya sea recogida en un espacio arquitectónico cerrado, esférico, como la biblioteca que imaginaba el arquitecto Étienne-Louis Boullée en el siglo XVIII o laberíntico como la describió Jorge Luis Borges, o sin límites e inmaterial bajo los auspicios de la cibernética.

Dentro de esta idea global de biblioteca, y en el marco del libro especial, de edición limitada y con características artísticas fuertemente marcadas más allá de sus contenidos literarios, el siglo XX se está caracterizando por una enorme profusión de lo que conocemos como “libro de artista”. Se trata de una obra original que ha evolucionado desde lo que conocíamos como “libro ilustrado” hasta lo que hoy conocemos como “libro de artista”, pensado íntegramente como una propuesta artística que desembocará en la forma de libro. El artista se aprovecha de las condiciones técnicas que rodean la realización material de un libro, como puede ser el grabado, la impresión, la encuadernación, etc., con el fin de crear un objeto nuevo que puede mantener el formato tradicional del libro o bien puede tergiversar completamente los convencionalismos, que desde la invención de la imprenta han condicionado la realización de un libro. Johanna Drucker (5) sitúa como impulsores de los primeros “libros de artista” al marchante parisino Ambroise Vollard (1866-1939) y al escritor a la vez que marchante franco-alemán Daniel-Henri Kahnweiler (1884-1976). Ambos impulsaron ediciones de lujo en las que convergían las artes visuales y la poesía, y a la vez que posibilitaban estas ediciones especiales daban al “libro de artista” una identidad propia en el marco de la creación artística, y no tangencial como hasta el momento había sucedido.

La idea, entonces, surgía la mayoría de las veces del propio editor-marchante, que se unía a un artista para trabajar sobre un texto clásico, con la intención de poder lanzar al mercado un nuevo y valioso producto. Ambroise Vollard trabajaba regularmente con Georges Rouault, que se dedicó con gran afán a la ilustración de libros entre 1917 y 1927; de esta etapa destaca el trabajo realizado sobre Les réincarnations du père Ubu. Pero Vollard también selecciona de Pierre Bonnard los dibujos para las 109 litografías y 9 xilografías que habían de ilustrar Parallèlement de Paul Verlaine (1900) (6), de March Chagall los 96 grabados para Las almas muertas de Gógol (1944), y los 100 dibujos para las fábulas de La Fontaine (1952). Pero en este campo su aportación más valiosa puede considerarse la selección de dibujos realizados por Picasso, que convertidos en grabados sobre madera, acompañarían Le chef d’oeuvre inconnu de Honoré de Balzac (1931). Roldand Penrose señala de este libro el acierto de Vollard en la selección de los dibujos de estilos tan diferentes, que provocaron un gran desconcierto entre los coleccionistas de libros de la época (7) y que contrasta con el clasicismo de los 30 aguafuertes que Picaso realiza para Les metamorphoses de Ovidio, y que publicó la editorial Skira de Luasana ese mismo año. Esta editorial publicaría en 1932 Poésies de Stéphane Mallarmé con aguafuertes de Pierre Matisse, en una edición limitada a 145 ejemplares.

Años más tarde, Kahnweiler se uniría a la tarea iniciada por Vollard y daría su apoyo a los cubistas por lo que le pidió a Picasso que preparapse cuatro aguafuertes para ilustrar la novela de Max Jacob Saint Matorel (1910). Este sería el primero de los cinco libros que publicaorn juntos Picasso y Jacob, mientras que Kahnweiler fue el impulsor del segundo, Le siège de Jérusalem, publicado en el año 1913. Otros libros aparecidos gracias a su tarea de editor son: L’enchanteur pourrissant de Guillaume Apollinaire con xilografías de André Derain y la opereta en un acto de Erik Satie, Le piège de méduse, con xilografías de Georges Braque.

Muchos otros pintores se interesarían también por este tipo de ediciones, gracias sobre todo a los cortos puentes que la etapa surrealista tendió entre los poetas y los pintores. Los ejemplos más significativos, por la calidad de las ediciones pero también por la profusión de ellas, son las numerosas ediciones preparadas por Joan Miró, que ilustró a los poetas Tristan Tzara, Benjamin Péret, Paul Éluard, Michel Leiris, René Char, André Breton, René Crevel, Joan Brossa, Shuzo Takiguchi y Rafael Alberti, hasta llegar a 1975, año en que apareció L’enfance d’Ubu con 20 litografías y textos del propio Miró. La galería Jeanne Bucher de París también publicó 34 frottages de Max Ernst en formato libro y con un prefacio de Jean Arp (1926), mientras que en 1947, Henri Matisse realiza el libro Jazz  (8) con ilustraciones y textos del mismo artista, de su propia letra manuscrita, con lo que ya apuntaba hacia otra manera de contemplar el “libro de artista”, que como veremos después se acercará sustancialmente a los cambios impulsados por las rupturas conceptuales de la década de los sesenta.

Las aportaciones de artistas como Joan Miró y muchos otros que le seguirán en este campo de las ediciones especiales, se encaminarán hacia la investigación de nuevas técnicas y procedimientos, no tan sólo en lo que respecta a la impresión sino también a los cambios de formato, a la posibilidad de enriquecer a mano algunos de los grabados y darles con ello un matiz más artesanal y exclusivo, al utilizar materiales poco habituales para las cubiertas que con facilidad se convierten en objetos de gran envergadura y al recurrir a encuadernaciones especiales. El conjunto de estas nuevas aportaciones hizo de las ediciones especiales objetos raros y valiosos destinados a un público muy exigente y, especialmente, interesado en la originalidad y la singularidad de las ediciones, muy en la línea aún de los viejos amateurs de siglos anteriores.

A partir de este momento, el “libro de artista” adquiere una importancia capital entre la producción de muchos artistas y empieza a equipararse, en atención, con las otras disciplinas artísticas. Para corroborar estas afirmaciones, Matisse dejó escritas numerosas reflexiones: “El libro no puede ser completado con una ilustración que trate de imitarlo. El pintor y el escritor deben trabajar en conjunto, sin confusión, pero paralelamente. El dibujo debe ser un equivalente plástico del poema. Yo no diría: primer violín, segundo violín, sino conjunto concertante”; o también: “Es hermoso ver a un buen poeta transportar la imaginación de un artista de manera tal que le permita crear su propio equivalente de la poesía” . (9)

Progresivamente, el “libro de artista” ampliará su campo de actuación, y aunque hoy todavía existe una vía que continúa trabajando intensamente en el ámbito del libro ilustrado, otras opciones reforzarán la idea de considerarlo como una obra original en la que todas las partes deben haber sido pensadas previamente para su destino en la forma final del libro. El libro puede ser considerado como una pieza única, como una edición limitada o simplemente de grandes tiradas, diluyendo así lo que antes se había defendido como condición indispensable: el hecho de considerar el libro ilustrado como un objeto raro y la mayoría de las veces muy valioso desde el punto de vista económico. Podríamos afirmar que con los cambios esenciales que hubo en la concepción de lo que había de ser un “libro de artista”, gracias sobre todo a las revisiones introducidas durante la década de los sesenta en lo que se refiera a los sistemas de difusión de la obra de arte, esta modalidad artística se democratiza sustancialmente y se sitúa en un terrero de apertura semejante al preconizado por el arte corporal o el mail art. Así mismo, no debe olvidarse que el grupo Fluxus, liderado por Georges Maciunas, Nam June Paik y John Cage, entre otros, fue el precursor de estas rupturas y, en lo que respecta al “libro de artista”, el impulsor de una nueva forma de concebir y difundir las publicaciones llevadas a cabo por artistas, cuya influencia aún hoy se mantiene en numerosas propuestas. (10) Sin embargo, tampoco debe olvidarse que muchos años antes Marcel Duchamp ya se había adelantado a algunas de estas iniciativas con la boîte verte de La mariée mise à nu par ses célibataires, même, relacionada con la realización del Grand verre que fue editada en París en 1934.

Retomando ahora las aportaciones de los pintores antedichos, como Bonnard, Picasso, Miró, Ernst o Matisse, debe tenerse en cuenta que el interés por el “libro de artista” desde el punto de vista pictórico, ha continuado perpetuándose intensamente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. La cuestión sobre el libro ilustrado, que consideraba las imágenes como ilustraciones de los textos  o a la inversa, persistió hasta quedar totalmente superado al prevalecer la síntesis plástico-poética que exigía Matisse. Al mismo tiempo, el libro considerado como un elemento material en sí mismo, era analizado y manipulado por parte de algunos artistas para convertirlo en un nuevo soporte para su pintura. En este sentido, uno de los ejemplos más significativos sería el caso del pintor alemán Anselm Kiefer. Sus libros presentan grandes formatos y están realizados a partir de fotografías en blanco y negro manipuladas, que soportan todo tipo de materiales pegados; las cubiertas suelen ser de plomo, y con este tratamiento hace que los consideremos como emanaciones de su pintura. Johanna Drucker los describe en los términos siguientes: “Estas obras se convierten en piezas apasionantes más que en vehículos textuales o mensajes portadores de formas, su presencia física, táctil, toma una resonancia icónica y cultural de las formas del libro y las juega a través de un espectro muy amplio de proposiciones”. (11)

En la misma línea de trabajo podríamos ciar a otros artistas que entre nosotros han considerado el libro como un objeto precioso, susceptible de situarse en la intersección de diferentes disciplinas artísticas. Así, las aportaciones de Antoni Tàpies, Antonio Saura, Jorge Oteiza, Joan Brossa, José María Sicilia, Miquel Barceló, Perejaume, Zush y otros muchos, por sólo citar nombres del panorama español, absorberían un abanico tan variado de posibilidades que por sí mismo confirmaría la riqueza creativa que envuelve el “libro de artista”. Pensemos por ejemplo en la serie de libros originales y únicos que el artista catalán Zush viene realizando desde 1968 a manera de acopio de experiencias vividas o imaginadas, y que Luis Francisco Pérez ha descrito con esta precisión: “Cuadernos, dietarios, libretas: efectividad y ligereza del soporte para levantar acta de los hechos y circunstancias poco ligeros. Confesiones, apuntes, sentimientos, memorias, viajes, percepciones íntimas, bocetos y prácticas. El libro, en definitiva, como lieu de mémoire, usando una bonita expresión francesa”. (12)

El foco surgido a finales de la década de los setenta alrededor del grupo de la Transvanguardia italiana será otro punto de referencia importante. Francesco Clemente, Enzo Cucchi y Nicola de Maria serán sus representantes más significativos en lo que se refiere a las publicaciones especiales que han editado. Clemente puede considerarse el caso más singular. Empezó realizando el portafolio Early morning exercises , con dibujos al natural desde la ribera del río Ganges, en Benarés, para acompañar poemas del escritor John Wieners, y gracias a pasar largas temporadas en Madrás empezó a interesarse por las técnicas tradicionales del papel hecho a mano y por la impresión local; de aquí surgieron propuestas tan especiales como el libro Ex libris, junto con la colección de libritos “Hanuman Books”, 42 pequeños volúmenes de prosa y poesía que mantenían el formato de los libros hindúes de plegarias y que reunía a autores tan dispares como Jean Genet, Allen Ginsberg, Willem de Kooning o Bob Dylan. (13)

La lista de ejemplos podría ser incontable. Así pues, el atractivo por el libro como “objeto de culto” y la atracción para poder superar las propias convenciones que lo condicionan, ha dado como resultado toda suerte de especulaciones que han dejado un lugar importante al “libro de artista” dentro de colecciones, tanto públicas como privadas. Con el paso del tiempo, y tal y como se ha ido viendo, el concepto y la forma han ido variando y, sobre todo, evolucionando en paralelo a los debates que han definido la misma trayectoria del arte contemporáneo. Así, no es raro que un aspecto como la gran importancia del uso de la fotografía en el arte actual, haya dado también como resultado un nuevo tipo de “libro de artista” muy específico. Ejemplos ha habido, como el del artista norteamericano Ed Ruscha, que a pesar de dedicarse con plenitud a la pintura inició una serie de “libros de artista” utilizando exclusivamente imágenes fotográficas. Su primer libro de estas características fue Twenty-six gasoline stations (1963). Rucha rechazaba la idea del libro y de la fotografía como obra de arte, según se puede deducir de sus propias palabras: “Uno de los propósitos de mis libros tiene que ver con el hecho de realizar un objeto producido en serie. El producto final tiene un aspecto comercial, profesional. He eliminado el texto de mis libros. Quiero material neutro. Mis imágenes no son ni interesantes, ni tienen un tema específico. Son simplemente una colección de hechos; mi libro es más una colección de ready-mades”. (14)

La propuesta de Ruscha tuvo una gran aceptación entre los artistas conceptuales y entre aquellos que preferían el libro en serie antes que el objeto raro y precioso, pero también con la perspectiva que dan las tres décadas transcurridas, podemos afirmar que ésta ha sido una actitud muy aplicada a partir de ese momento. Una vez más podemos afirmar que los ejemplos serían numerosos, pero sólo citaremos: las cuidadas ediciones del artista inglés Hamish Fulton, que son un fiel reflejo de su trabajo con el paisaje, dentro de la tradición más rigurosa del paisajismo inglés; la radicalidad de las imágenes de Nan Goldin, que a pesar de estar pensadas para montajes audiovisuales, acaban en formato libro con The ballad of sexual dependency (1986), o bien, el libro de apariencia infantil Water ballet/Family collision (1987) de Laurie Simmons, que reúne algunas imágenes de sus series de muñecas y personajes buceando.

El “libro de artista” tiene su vigencia asegurada por la versatilidad demostrada, tanto por lo que se refiere a las características técnicas como por las posibilidades para establecer complicidades con propuestas conceptuales diferentes. Pero por encima de esta heterogeneidad, lo que prevalece es la idea del libro como espejo que nos devuelve la mirada y sobre el que nos podemos reflejar, del libro “poblado de pensamientos, de esperanzas mesiánicas, de sueños de remordimientos, de plegarias, de gritos de angustia o de amor”, como diría Edmond Jabès. (15)

 

 

Gloria Picazo

 

NOTAS

 

(1)    Rilke, Rainer M.: Els quaderns de Malte, Ed. Proa, Barcelona, 1961, p. 49.

(2)    Op. Cit., p. 93-94.

(3)    Blanchot, Maurice: Thomas el Obscuro, Ed. Pre-Textos, Valencia, 1982, p. 20-24.

(4)    Peyré, Yves: Portrait d’un homme de ma connaissance. Fragmento publicado en La bibliothèque, Autrement, Serie Mutations nº 121, París, 1991, p. 8-19.

(5)    Drucker, Johanna: The century of artist’s books, Granary Books, Nueva York, 1995.

(6)    Watkins, Nicholas: Bonnard, Phaidon Press, Londres, 1994. Probablemente Vollard seleccionó poemas de Verlaine, porque su funeral, que había tenido lugar en París el año 1896, fue un acontecimiento muy comentado en la prensa y seguido de cerca por los representantes de la vanguardia. Los poemas seleccionados contienen una fuerte carga erótica y sólo pudieron superar la censura, al creerlos un tratado de geometría.

(7)    Penrose, Roland: Picasso. Su vida y su obra. Ed. Argos Vergara, Barcelona, 1981, p. 233.

(8)    Barr, Alfred H. Jr.: Matisse. His art and his public. The Museum of Modern Art, Nueva York, 1974, p. 270.275.

(9)    Matisse, henri: Reflexiones sobre el arte. Emecé Editores, Buenos Aires, 1977. En este libro se encuentra el capítulo “Cómo hice mis libros”, que recoge las experiencias de Matisse sobre el tema (p. 281-309).

(10)En este sentido revistas de artistas actuales como La Nevera o Cave Canis, mantienen un espíritu parecido a las publicaciones Fluxus, y artistas como Christian Boltanski, a pesar de mantener un tono propio, no deja de evocarnos la precariedad material de aquellas ediciones.

(11)Drucker, Johanna: Op. Cit., p. 114-115.

(12)Pérez, Luis Francisco: “Lloc de memòria”, en el catálogo Els llibres de Zush, Centre d’Art Santa Mònica, Barcelona, 1989, p. 15.

(13)Para más información sobre esta colección puede consultarse Raymond Foye “Madrás”, en el catálogo Francesco Clemente. Three words, Philadelphia Museum of Art, Filadelfia, 1990, p. 60.

(14)Entresacado de una entrevista a Ruscha realizada por John Coplans, “Artforum”, Nueva York, febrero 1965 y reproducida en Lucy Lippard: Six years. The dematerialization of the art objects. Studio Vista, Londres, 1973, p. 11-12.

(15)Jabès, Edmond: Le livre des ressemblances, Ed. Gallimard, París, 1991, p. 280-281.

 

 

(*) Este texto fue publicado por primera vez en Libro de las Maravillas, Colegio Mayor Rector Peset, Valencia, 1997.