Texto de María Corral    


¿TIENE SENTIDO HABLAR DE HISTORIA?

 

 

La sociedad de nuestros días exige una participación cada vez más amp1ia del individuo en el mundo del arte. Tiene ya poco sentido que éste sea un coto cerrado, privilegio de unos pocos. Si fuera posible, el arte debería  envolver a la persona en su propio  ambiente, ayudando, de algún modo, al diálogo entre el sujeto y la carga de sugerencias que la obra de arte transmite.

 

Es casi seguro que los talleres calcográficos han aumentado su número a causa de esta necesidad, como respuesta histórica a una nueva manera de entender el arte, que no es únicamente la de “ir al museo”. La frase “el arte metido en casa” sonaría a eslogan publicitario, pero la verdad es que los aficionados van por ese camino.

 

La expresión gráfica es una disciplina artística que tiene una estética propia; la confusión, que todavía se mantiene en muchos casos, se debe a que en el pasado se utilizó generalmente como un medio de reproducción, y por tanto de difusión, de la pintura. Actualmente, una vez liberada de esta servidumbre, se ha impuesto como una manifestación artística que tiene sus propios valores expresivos y es cultivada por los mejores pintores y escultores de nuestra época, con tanto interés como su actividad más caracte­rística.

 

El renacimiento actual del grabado  se debe, tanto al entusiasmo que proporciona siempre la utilización de medios artesanales (un contraste y, por consiguiente, una actitud de rebeldía frente a la impersonal producción mecánica de nuestro tiempo), como por las enormes posibilidades de difusión que ofrece, acorde con la creciente demanda de obra artística original que ha surgido con la expansión del mercado artístico mundial, al incorporarse a este una clase media más sensibilizada culturalmente y con una capacidad adquisitiva también media.

 

 

La obra gráfica ha tenido muchos significados y utilizaciones a lo largo de su historia. Tal vez la más importante haya sido la ilustración de libros, folletos y toda clase de impresos, y ello desde la invención de la imprenta. Portadas, cabeceras, iniciales de letras, colofones o páginas enteras de ilustración, han enriquecido el arte del libro desde el siglo XV hasta nuestros días, empleando en ello cualquier tipo de técnica gráfica.

 

Una de las funciones más interesantes de la historia del grabado ha sido la de reproducir y hacer asequibles las grandes obras de arte. Es decir, ha servido durante siglos para difundir una imagen artística; sin él no se entendería el ascendente de la pintura italiana sobre la flamenca, los cambios de estilo, la intensidad de ciertas influencias (Rafael, Rubens).

 

El grabado de reproducción cumplía una importante y difícil tarea de interpretar por medio de líneas, y sin color, la gama de tonos de la obra que servía de modelo; también al carecer de color quedaban mucho más potentes sus esquemas, iconografía, etc.

 

Estas utilizaciones tradicionales del grabado se deben a que esta expresión estaba en manos de unos gremios artesanales y a que la creación artística no estaba tan diferenciada de la artesanal, sino que era algo que se daba además. Pero ninguno de los grandes artistas grabadores, en el sentido que actualmente damos a esta palabra, como Rembrandt,  Durero,  Goya,  etc., utilizó el grabado en su sentido tradicional.

Durero opinaba que el procedimiento era demasiado trabajoso para plasmarlo solo en un libro y, por otro lado, fue una gran ayuda para su subsistencia (su mujer bajaba diariamente al mercado de Nuremberg a vender los grabados)

 

 

 

Actualmente, gracias a los avances técnicos, cualquier libro, pintura, diseño, etc., puede ser reproducido y multiplicado mucho más económicamente; por lo tanto, la obra gráfica se ha convertido únicamente en otra forma de expresión artística, a iguales niveles que el dibujo o la pintura. Es más, yo diría que en ninguna otra forma de arte la discusión del medio (como lenguaje) es más predominante que en la impresión gráfica.

 

 

 

La expresión gráfica a niveles creativos no ha sido valorada en su importancia hasta nuestros días. Los artistas de los años 50 y 60, al trabajar gráficamente, estaban absorbidos por la manipulación de los materiales, esperando que esta manipulación les revelase su propio inconsciente. Pero, sin embargo, para enfrentarse a un grabado hay que tener una intención, tener definido el esqueleto de una idea, idea o actitud que puede ser transformada ante el enfrentamiento con un nuevo conjunto de condicionantes; transformación que el conocimiento previo nunca podía haber imaginado.

 

Actualmente, la belleza, el arte, no están solo presentes en el manejo y en la óptica de los materiales del arte, sino que reside en la precisión y densidad del significado y, yo diría, que en la expresión gráfica es donde este destaca más, donde el mínimo paso que hay de lo artesanal a lo artístico, entre la reproducción y la creación, se hace mas evidente.

 

El desafío que la expresión gráfica conlleva está en la averiguación de cuántos enfoques visuales diferentes son posibles, con respecto a un problema.

 

 

El trabajo sobre la madera, planchas o piedras lleva inherente la reproducción y limitada serialización de lo realizado; no es algo que se termine en sí como un óleo o un dibujo. Como decía el artista americano Sol Lewitt, “esto sería como guisar una maravillosa comida y sólo olerla”.

 

 

El grabado, a pesar de esta serialización, no es una reproducción, sino un original. El primer ejemplar es entintado y estampado igual que el último, uno a uno, renovándose el proceso cada vez que se imprime en el papel; es una creación hasta el final de la tirada. Los grabados son numerados, seleccionados y firmados por el autor, responsabilizándose así de todo el proceso.

 

El condicionante para que la obra gráfica sea o no original, es que el artista o autor haya realizado la plancha original, haya tallado el taco de madera o el linoleum, haya trabajado la piedra, pantalla o cualquier otro material.

 

 

Trayectoria y situación cultural de la obra gráfica en España

 

España ha tenido una trayectoria gráfica muy “sui generis”. Al no haber existido tradición, ni escuelas, ni casi artesanos en esta materia, a lo largo de su historia no ha producido más que individualidades —magníficas, eso sí—, pero sin ninguna proyecci6n en la generación siguiente, e incluso, fuera de Goya, Solana, Baroja, las que han destacado como Ribera, Fortuny o Picasso, ha sido posible gracias a que vivieron fuera de nuestras fronteras gran parte de su vida.

  

A finales de los años 40, Jaume Plá crea en Barcelona la Rosa Vera, primer intento a escala individual de cambiar el proceso establecido con la obra grabada, y su repercusión en el mercado. Su planteamiento iba más allá de los límites de la bibliofilia, siempre restringidos, e intentaba, a través del protagonismo de la estampa, desvelar el interés de unos potenciales coleccionistas de grabado. El artista pensaba y ejecutaba libremente su grabado y, posteriormente, era este grabado el que inspiraba el texto poético o literario.

A mediados de los 50, Jaume Plá empez6 a colaborar en Madrid con Juana Mordó y fruto de esta colaboración fueron los trabajos de Vázquez Díaz, Francisco Arias, José Caballero, Pancho Cossío, Angel Ferrant, etc.


Hacia principios de los 60, surge “Estampa Popular”, un colectivo de artistas con una intencionalidad eminentemente social, que empieza a funcionar en Madrid y que luego continúa en Bilbao, Córdoba, Sevilla, Valencia y Barcelona.

  

Fue el primer intento, a nivel de grupo, de buscar un lenguaje artístico accesible y comunicativo para todas las mentalidades y economías, y al mismo tiempo sacarlo de los lugares habituales de producción, exhibición y comercialización.

 

La técnica elegida, apoyándose en la experiencia mexicana, fue en la mayoría de los casos, la xilografía, por el bajo coste económico de los materiales e instalaciones. Tuvo una gran impor­tancia (más a nivel de concienciación de artistas, que de sensibilización del pueblo, como era su intención), aún hoy en día se utiliza como modelo.

 

 También, muy a principios de los 60, el griego Dimitri Papagueorguiu montó un taller en Madrid junto con el maestro litógrafo Manuel Repila, y comenzaron una colección de litografías, llamada “Boj”.  Por el taller de Dimitri pasó toda la escuela de Madrid (Vallecas): Martínez Novillo, Arias, Pedro Bueno, Barjola; y los jovencísimos Saura, Millares, Antonio López, etc.

 

Durante todo este tiempo, y hasta mediados de los 70, el editor Gustavo Gili continuó con su colección, iniciada en 1925, “La Cometa”. Por su taller pasaron: Tapies, Miró, Saura, Millares, Fontana, etc. Hay que reconocer, en honor a la verdad, que las estampas de “La Cometa “ han sido las ediciones gráficas de mayor calidad que se han realizado en España.

 

Barcelona, al ser una ciudad mucho más amante de conservar las tradiciones, y por lo tanto la artesanía, ha gozado siempre de técnicos y estampadores muy superiores a Madrid o cualquier otra ciudad de España. Merece la pena destacar los talleres de Jaume Coscolla y Joan Barbará, aún en pleno funcionamiento.

 

A principios de los 70, gracias a la progresiva mejoría de las condiciones económicas, al aumento del nivel medio de vida, se consideró que, gracias a su posibilidad de multiplicación, el grabado hacía asequible a un mayor número de personas, poseer obras originales por las que sentía interés, creándose talleres, casas editoriales, galerías especializadas, y formándose un aparente “boom”, ínfimo si lo comparamos con la proliferación que se produjo de galerías de obra única. Fueron varias de éstas, las que a través de la necesidad de promocionar a sus artistas, y de sensibilizar a una clase medía joven —potencial cliente de obra única—, montaron e hicieron proliferar las ventas de obra gráfica por suscripción, obra que en su mayoría oscilaba entre las 399 pts. y las 1.000.

 

 

Esto ha sido un arma de dos filos. Indiscutiblemente, la idea, en teoría —incluso socialmente—, era magnífica, creaba un ambiente, una necesidad, una afición; pero al mismo tiempo, dado que la mayoría de los artistas desconocían el medio (hablo de medio en sentido de lenguaje), han utilizado este sistema como difusión de su otra creación plástica, empleando las planchas, piedras y sedas cono matrices encargadas únicamente de multiplicar las réplicas de una pintura, dibujo, gouache, etc. Otros han participado en estas suscripciones con realizaciones poco afortunadas, como para salir del paso, pareciendo más bien proyectos para obras de mayor envergadura. Esto, a la larga, se ha vuelto contra la gráfica como forma de expresión artística. Al no haber simultáneamente una información sobre la realidad y las posibilidades del medio, ha creado un coleccionista de firmas y no un amante del grabado, un conocedor del mismo.

 

La labor de los talleres profesionales ha sido muy diferente. Su montaje partía del reconocimiento de la importancia de esta forma de expresión artística, y de la necesidad de crear el ambiente propicio para realizarla, luchando contra la consideración de obra menor, por parte de creadores y coleccionistas. Esta consideración no le viene por su esencia, sino por su comercialización. No podemos dudar que en nuestra sociedad no se otorga un mismo status a algo que se compra por decenas o cientos de miles de pesetas, que a aquella obra asequible, dentro de ciertos límites, y que además no es única.

 

Los dos talleres más importantes de los últimos 12 años han sido “La Polígrafa” en Barcelona y “Grupo Quince” en Madrid. La función y el trabajo de ambos ha sido completamente distinto. “La Polígrafa” ha actuado en tres campos: como editora de libros, como editora de gráfica, y como Galería de pintura y escultura (Galería Joan Prats)

 

 

“Grupo Quince”, siempre con unos medios mucho más modestos, ha realizado una importantísima labor de enseñanza, ya que cuando se montó no había catedrático, ni enseñanza, de artes gráficas en la Escuela de Bellas Artes. Tuvo que enseñar a grabar al 95 % de los artistas que pasaron por sus talleres. Pero quizá su aportación más importante fue la recuperación de la litografía manual en España, para lo cual contó con el artista y maestro litógrafo norteamericano Don Herbert.

 

En Ibiza, la labor que Carl Van der Voort y Don Kunkel han hecho en favor de las artes plásticas, principalmente la serigrafía, durante los años setenta, ha sido muy interesante y de una gran calidad.

 

Pero sería larguísimo nombrar a todos los que en alguna medida han contribuido a despertar un interés por la obra gráfica en España en los últimos treinta años. Lo que sí me importa destacar es que este interés es actualmente una realidad, al menos en lo que respecta a los creadores, ya que por parte de los coleccionistas, instituciones, etc., el camino a recorrer aún, es desgraciadamente largo.

 

Joan Miró dijo unas palabras casi proféticas: “Durante los últimos años hemos asistido a una especie de renacimiento de los medios de expresión artesanos: cerámica, litografía, grabado de madera, aguafuerte, etc. Todas estas formas artísticas, de menor coste que la pintura, e igualmente auténticas que ella en su expresión plástica, irán ocupando cada vez más el lugar de esta última”.

 

En un cierto aspecto, muchas de las cosas escritas en este texto son ya prehistoria, ya que en estos últimos cuarenta años la expresión gráfica ha sufrido la mayor revolución de su historia. Gran parte de los artistas atraídos por este medio de expresión lo han transformado profundamente, no dejándose someter al uso de una sola técnica, con el fin de poderse manifestar con una libertad total. Como dice Rausenberg: “Todo lo que puede producir una imagen sobre una plancha o piedra es un material posible”.

 

Esta es la causa de que se extiendan sus posibilidades hasta el infinito, y que sea difícil definir a partir de cuándo ha superado los limites gráficos y ha pasado a ser simplemente una obra seriada.

 

A base de combinar y mezclar procedimientos distintos, de modificar los materiales utilizados tradicionalmente y de emplear como estructuras materias poco corrientes, y hasta insólitas, muchos artistas podrían hacer suya esta frase de Marcial Raysse: “Lo importante no reside en las técnicas, sino en el uso que se hace de ellas. Lo primero es tener una nueva concepción del mundo que dé lugar a un vocabulario nuevo, a una forma de estructurar las superficies y, entonces, el uso de materiales nuevos se impone por sí mismo, por el solo hecho de que responde a una lógica interna”.

 

Estas palabras son, verdaderamente, el centro de toda creación y, en base a esta creación, debemos olvidarnos en muchos casos de lo aprendido y aceptar o abrirnos hacia muchas cosas que, en principio, no entendemos y que, además, nos parece que traicionan profundamente el espíritu del grabado.

 

Cómo podemos responder ahora a la pregunta ¿Qué es una estampa? O ¿Qué es un múltiple?, cuando todos los parámetros están en movimiento.

 

Quizás lo importante sea recordar que la historia del grabado, de la obra gráfica, es la historia de los avances de la comunicación.

 

María Corral