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Texto de Niels Borch Jensen |
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EL
MUNDO DEL GRABADOR
A menudo, son las cosas pequeñas las que deciden la dirección que toma tu vida. Para mí lo fueron varios libros con reproducciones de obras gráficas de algunos de los grandes maestros del arte, sobre todo Goya, Durero y Rembrandt, que encontré en la biblioteca central de Nykøbing Falster, a donde me había mudado de adolescente a finales de los años 60. Las imágenes me produjeron una enorme impresión: estaban vivas, eran insistentes, y había a la vez algo en la precisión del medio y en la simplicidad de las herramientas, había algo en su transparencia que activó un nervio en mi interior y convirtió a aquellos artistas en algo presente, a pesar de los siglos transcurridos. Las artes gráficas se apoderaron de mí, y no hubo nada que hacer. Después de pasar por muchas otras influencias, decisiones y casualidades, aquí estoy, 25 años más tarde, como grabador en cobre y productor de obra gráfica, intentando formular exactamente en qué consiste lo que hago. Y para mí consiste en lo mismo en que consistía hace 25 años: se trata de obras de arte que de forma clara, simple y directa transmiten grandes ideas y vivencias de una persona a otras. Dicho así, parece muy simple, y lo es en realidad, pero cuando trabajas en ello, hay posibilidades insospechadas de olvidarse de eso y dejarse llevar por efectos técnicos y estéticos, tanto por parte del grabador como del artista. La colaboración entre ambos es un terreno extraño y mágico en el que el grabador debe estar completamente presente y concentrado, y a la vez dejarse llevar lo más posible por el universo del artista. Cuando sale bien, suele ser a menudo una experiencia tranquila y muy intensa. Me imagino que los actores y músicos se encuentran en una situación parecida en su trabajo, pues por una parte transmiten un material perteneciente a otra persona, y por otra tienen la posibilidad de desarrollar totalmente su talento y cualidades. La relación entre artista y grabador puede adoptar diversas formas. A algunos artistas les gusta trabajar con diferentes grabadores, y utilizan los diferentes talleres como punto de partida para nuevos experimentos, mientras que otros prefieren trabajar con el mismo grabador a fin de lograr mayor concentración y precisión en su trabajo. La colaboración puede ser a veces totalmente armónica, y otras una especie de duelo con desafíos constantes y recíprocos. Hay un elemento común en todas las formas de trabajo en colaboración: cuando sale bien, ambas partes se dan cuenta de que han avanzado más de lo que habían esperado al empezar la colaboración. En mi propia experiencia, la regla básica ha sido recordar siempre que la técnica de grabado en cobre es básicamente una técnica muy simple, aunque pueda usarse de forma muy refinada, y que su razón de ser en una época en la que existen técnicas de impresión más rápidas y baratas es, precisamente, que es tan simple que da al artista la posibilidad de influir en todas las fases del proceso y lograr expresiones que sean completamente específicas de su trabajo. Esto significa a menudo que el mejor punto de partida consiste en olvidar todas las rutinas y, por así decirlo, reinventar la técnica adecuada para cada proyecto. Para conseguir esto, para el grabador es importante escuchar e invertir tiempo en comprender de qué va realmente la obra del artista. Es más importante encontrar una forma de trabajar que esté de acuerdo con el contenido de la obra que encontrar una técnica que se asemeje superficialmente a lo que acostumbra a hacer el artista. Muchas veces, las herramientas más importantes de un taller de grabado son el café y el tabaco. Un aspecto extraño del arte gráfico es que se realiza para ser reproducido. A pesar de que se pueden hacer monotipias, o el artista puede limitarse a hacer una sola impresión de la plancha, hay algo extraño en las reproducciones de un solo ejemplar. Está claro que no es muy lógico andar enredando con planchas, barniz, baños de ácido, prensas, etc. si realmente no se ha pensado hacer más de un ejemplar, eso no tiene lógica desde el punto de vista económico, pero creo que la razón más importante para ello tiene que ver con algo más intrínseco a la técnica. Todas las técnicas de grabado se han inventado para transmitir y difundir ideas, historias, imágenes, motivos, canciones, música, etc.; es decir, cierto tipo de contenido espiritual que puede repetirse sin que se pierda nada en el proceso. Una característica de estas técnicas es que se puede en gran medida separar el contenido y el objeto físico. El grafismo es, desde luego, un arte visual, y la experiencia está también estrechamente vinculada a la percepción de la imagen que tiene uno ante sí, pero una mala reproducción de una obra buena sigue siendo más satisfactoria que una buena reproducción de una obra mala. Creo que puede decirse que la mayoría de las grandes obras gráficas de la historia del arte parecen estar más vinculadas a novelas que a cuadros. La mayor parte de los artistas se dan cuenta de eso instintivamente, y algunos se sienten atraídos por ello, mientras que otros prefieren mantenerse bien alejados. Una parte asombrosamente grande de lo que se habla en el taller gira en torno a si “la idea aguanta”. Muchos de los artistas en cuya obra el grafismo ocupa un lugar esencial lo utilizan precisamente como una especie de laboratorio en el que se ponen a prueba las ideas en su forma más concentrada. El hecho de que las obras deban poder reproducirse -imprimirse- por parte de otra persona es, en cierto modo, una especie de prueba de que dichas obras están destiladas al máximo y de que, en general, “aguantan”. Esa manera de trabajar con el arte se armoniza mal con la idea ampliamente extendida del artista como individualista romántico que, sin reflexionar demasiado, retoza en el universo de los sentidos y sentimientos. Tal vez se deba a ello que mucha gente encuentra dificultades a la hora de percibir el grabado como arte “genuino”. No llega directamente del cuerpo del artista y no es algo único, existen varios ejemplares idénticos. En realidad, los viejos calzoncillos del artista se amoldan mejor que el grabado a esa idea romántica a más no poder acerca de lo que es una obra de arte. No obstante, el grafismo, precisamente en virtud de esa distancia existente en la técnica y en la proliferación, tiene una fuerza que continúa atrayendo a los mejores artistas. La distancia entre artista y obra que proporciona el medio, consistente en que el artista trabaja con un material, el cobre, que tiene una resistencia y materialidad muy especiales, a la vez que la propia obra se presenta en un material distinto -papel y tinta de imprenta-; esa distancia da al artista la posibilidad especial de establecer una relación objetiva con la obra. Ésta no es visible durante todo el proceso de elaboración como pueden serlo un dibujo o un cuadro, sino sólo de forma puntual, cuando se pone en la pared una nueva prueba de impresión. En ese momento, el artista está ante su obra como autor, pero también como espectador que no la ha contemplado nunca. El hecho de que el artista se vea forzado a ver su obra con ojos diferentes ayuda a imprimir al proceso concisión y vitalidad, haciendo así que la experiencia del resultado final sea viva y directa para el espectador. Lo importante no es la antigua artesanía, bella e interesante, sino la claridad y la presencia. Aquí el grabador puede a veces ser un buen compañero de juego. Dos grabadores diferentes harán siempre reproducciones diferentes, a pesar de trabajar con el mismo artista, la misma plancha, los mismos colores, etc., igual que dos músicos tocan de manera diferente la misma pieza musical a pesar de tocar el mismo instrumento. En ambos casos están transmitiendo una obra que ha creado otra persona. Esto no significa que no sean importantes -puede haber una gran variación en cuanto a la calidad de su trabajo-, pero apunta quizá a que se trata de profesiones en las que se precisa cierto grado de lealtad y humildad para alcanzar auténticos logros. |